miércoles, 3 de enero de 2007

El Padre Elías y la civilización occidental

SOBRE LA NOVELA DE O'BRIEN


El cristianismo implica siempre verdad e historia. Una de las tentaciones recurrentes de los cristianos a lo largo y ancho de los tiempos ha sido convertir la fe en ideología; el movimiento interior del espíritu en promesa exterior de materia y materialización. Cuando la santidad desaparece, nace la utopía. Demasiados son los que, en estos tiempos, olvidan que gran parte de las fundamentales instituciones de la civilización occidental son fruto de la originalidad cristiana.

Si el cristianismo tuvo, en los primeros siglos, la capacidad de dialogar con el pensamiento griego, con el helenismo, fue porque éste había llegado a un proceso de perfección de lo humano que tenía una continuidad natural-sobrenatural en la propuesta cristiana.

El profesor Thomas E. Woods ha escrito recientemente que "la civilización occidental le debe a la Iglesia el sistema universitario, las obras de beneficiencia, el derecho internacional, las ciencias y principios jurídicos fundamentales... La deuda de la civilización occidental con la Iglesia católica es mucho mayor de lo que la mayoría de la gente cree –católicos incluidos–... En realidad, la Iglesia creó la civilización occidental".

Las novelas son también signo de los tiempos. Ahora que los niños han abandonado la lectura de los santos, los padres se han entregado a la lectura de los héroes de la historia. La proliferación de los bestseller sobre la historia, cargados de pasado, de esoterismo, de magia y de fuga del presente, inundan no sólo las bibliotecas, también las mentes de no pocas personas. La editorial Libroslibres, que dirige con mano certera y acreditada el periodista Alex del Rosal, ha publicado una novela que es un auténtico éxito libresco en el mundo católico. Su nombre es El Padre Elías.

Un apocalipsis y está escrita por el novelista americano Michael D. O´Brien. Cuenta la historia del anticristo que, según la más granada tradición, es y está representado por un hombre perfecto, un benefactor de la humanidad, un filántropo, un hacedor de política sociales, tahúr de la palabra, de las bonitas frases hechas, padre de una religión filantrópica, sincretista, con sus cultos estéticos y sus hipocresías éticas, un fruto de lo occidental desarraigado: un hombre religioso de todas las religiones que, con el buen arte de la palabra y el código de la buena conducta, seduce a las masas y las embauca en las profundidades de su discurso.

La novela, que describe la preocupación de un Papa, un nuevo san Agustín, quizá nuestro nuevo san Agustín, por convertir al anticristo de O´Brien –también lo sería de Robert Hugh Benson y Vladimir Soloviev– es una cuidada meditación sobre la Iglesia de ayer y de hoy y de los peligros y de las tentaciones de lo cristiano y de los cristianos. Y es un examen de conciencia sobre la preservación de los valores auténticos de libertad que han conformado y definido la civilización occidental. Cuando la Iglesia hace una propuesta ética a la sociedad, a nuestra sociedad, lo hace en la clave de la preservación de lo humano y de la posibilidad de lo divino.

No son pocos quienes sólo conocen una ridícula iglesia, y no son menos los encargados de que esta imagen se difunda por doquier. No son pocos los que piensan que la historia de la Iglesia es una historia de ignorancia, represión y estancamiento. Pues no. Ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro, la Iglesia está empeñada en amargar la vida a los ciudadanos, ni en oponerse al disfrute del hoy y a la preservación del mañana.

La Iglesia no es sin pecadores, pero sí sin pecado. El Concilio Vaticano II asentó la doctrina de que la Iglesia, "recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la reconciliación". Pablo VI había dicho que la Iglesia es santa porque no tiene en su seno otra vida que la gracia; viviendo esa vida de comunión con Cristo y con los hombres, sus hermanos, es como se santifican los cristianos.

Cuando se pretende mostrar el rostro de la Iglesia desde la contradicción interna, desde el pecado de sus miembros, lo que se hace es ofrecer sólo una parte del cuadro, la más sombría, la menos clara y clarificadora. La Iglesia que propone a los españoles un juicio moral sobre la realidad social, política, cultural, lo hace después de que todos los días inicie la celebración de lo más sagrado, la eucaristía, con el Yo confieso, que es un testimonio de verdad, de unidad y de reconciliación, ejemplo para la sociedad y para el mundo.

El teólogo Albert Lang escribió que "la Iglesia católica ha puesto un dique al embrutecimiento de las costumbres, a la ruina de la familia, al anarquía religiosa y política. En muchos aspectos, es el único freno que se opone a la inmoralidad moderna".

José Francisco Serrano Oceja. Iglesia LD

1 comentario:

Ma dijo...

Estupenda recensión de un libro que probablemente no podré leer. La misma recensión ya nos esclarece, de manera armoniosa, la situación de "malentendido eclesial" que se ha instalado en las mentes humanas.
También nos afecta esta duda a muchos cristianos, inducidos a dudar constantemente del propio ideal, tentados constantemente a poner en cuestión la posibilidad de ser fieles al bien y la verdad en la Iglesia de Jesús. induciendo a creer que es más puro el seguimiento de Jesús, despojados de la comunión eclesial, como un alma sin cuerpo que le pese. En realidad la separación de facto de la vida de la Iglesia, lleva a despojar al cristianoc de algo esencial para el discípulo de Jesucristo: le lleva a eliminar el misterio de la Encarnación de su vivencia de la fe. Un misterio que ineludiblemente nos pertenece realizar también a nosotros con Cristo y en Cristo. Esos mismos ataques a nuestra fe llevan también a muchos a vivir atrincherados en unas formas con las que identifican la vida cristiana y la Verdad de nuestra fe, reduciéndola a la seguridad de cumplir los deberes correctamente para alcanzar la salvación, ignorando que el miedo no es hijo de la fe, sino de su ausencia.