domingo, 11 de marzo de 2007

Dios se ha puesto de moda



El nuevo año editorial nos ha traído una ristra de libros, ensayos y artículos sobre Dios. En tiempos de crisis renace la teología de la historia que, al fin y al cabo, ha sido siempre teología sobre la providencia de Dios.


Hay polemistas que aprovechan que el siglo XXI será religioso o no será para escribir cosas insustanciales sobre Dios, la divinidad y la Iglesia. Hay editoriales que quieren hacer su primavera y ofrecen una de cal y otra de arena: un libro sobre el Dios que existe, que se manifiesta en Jesucristo, que es raíz y razón de la vida, y otro sobre un dios escondido por entre las páginas de la historia, que se oculta del hombre y que teme a la libertad.

¿Es Dios un tema recurrente que aflora por temporadas? ¿Acaso esta afluencia de novedades editoriales sobre Dios es una manifestación de la necesidad que habita en el hombre? ¿Pero no quedamos en que estábamos satisfechos con lo que tenemos, con nuestra calidad y cantidad de vida? ¿Qué falta nos hace pensar sobre Dios si es más cómodo vivir como si Dios no existiese?
Dios, de nuevo, en el horizonte de los occidentales, observadores de cómo Occidente lucha contra Occidente. El Dios de los filósofos contra o con el Dios de los teólogos; la razón y la fe. El profesor Alejandro Llano ha roto, hace ya algún tiempo, las ataduras del pensamiento políticamente correcto; ahora ha escrito un nueva suma filosófica del sentido común sobre la experiencia de Dios, que es siempre experiencia de lo humano sin ser sólo lo humano. Dios, como la vida, es una apuesta, una paradoja; ¿acaso el hombre no lo es? Lo curioso es que Dios es una apuesta que ya tenemos ganada. Su título es En busca de la trascendencia. Encontrar a Dios en el mundo actual (Ariel).

¿Qué problemas tiene el hombre contemporáneo con Dios? ¿Qué cuentas pendientes? ¿Acaso la de la razón, la de la libertad, la de la voluntad de querer otra naturaleza, de desear otro ser hombre? El primer problema que el hombre tiene para experimentar la presencia de Dios es su limitada comprensión de lo que es la experiencia. Reducida ésta a lo sensible, a lo sensorial, al gusto y al tacto, a lo tangible, a lo que produce placer, a lo contante y sonante, se ha ocultado lo que desvela la realidad: el misterio que la funda, que la conduce a la plenitud, que le da sentido.

¿Y el sentido? ¿Y la acción? En nuestra época el hombre se ha hecho, por vía de la acción, íntegra, plenamente problematizado. Sin embargo, el sentido de la vida del hombre no es un problema, es un misterio. No cabe objetivar la cuestión por el sentido porque es el que se pregunta por el sentido quien tiene el problema del sentido. No son juegos de palabras. El problema necesita una solución, a no ser que sea un problema falso, una aporía. El misterio necesita que se desvele, que resplandezca, para que adquiera su plenitud. Si nos enfrentamos a nuestros problemas de fondo, estamos tocando el sentido de nuestro fondo. El problema se tiene; el misterio se es. Somos misterio para nosotros, para los otros, para Dios.

Sólo el misterio explica el misterio. Karl Jaspers sostenía que la tensión hacia la trascendencia es lo propio y lo constitutivo de la existencia humana. La tensión se convierte hoy en vértigo; vivimos con el vértigo de la vida, de la velocidad, de la necesidad imperiosa de nuevas y siempre fascinantes experiencias. Tenemos muchos datos sobre el hombre pero muy pocos sobre lo que es el hombre. La biotecnología se ha convertido en la base del próximo gran ciclo económico, en el fondo del nuevo ciclo de definición de lo humano. Sabíamos ya que el hombre no es biología, es biografía, escrita con renglones torcidos de libertad. Una biografía que tiene una línea discontinua al comienzo y otra continua al final.

Hay polemistas profesionales –de qué se trata que me opongo– que siguen pensando que Dios, y la vida eterna, son rémoras del pasado. Instalados en la vida perdurable no les afecta la vida eterna más que para pensar en cómo puede haber personas que siguen creyendo en un "superpadre justiciero e infinito, en la resurrección de los muertos y en la vida perdurable". Pues no, señor Savater, ni superpadre justiciero, ni supernanny arregla-todo, ni nada que se le parezca. La falacia de los que pretenden deslegitimar a los creyentes arranca de que al pensar en Dios, sobre Dios, están pensando sobre imágenes falseadas de Dios que se dan, las más de las veces, por intereses varios en la historia. Pensar y hablar hoy sobre Dios –como ayer, como siempre– y sobre la vida eterna no es más que conocer y reconocer la gramática del amor. Si tiene dudas, señor Savater, lea a Benedicto XVI.

José Francisco Serrano Oceja

sábado, 10 de marzo de 2007

Los demonios de C. S. Lewis

Aunque personas muy serias y con criterio moral me habían hablado muy bien de los libros de Lewis (1898-1963), y aunque yo sabía que tanto en EEUU como en todo el mundo de habla inglesa este irlandés está considerado un clásico contemporáneo, no lo he leído hasta hace muy pocos días.


Fue por pura casualidad. Compré dos libros de Lewis que me encontré en una librería, mientras buscaba la última novela de Julian Barnes. Los adquirí no sólo por seguir las recomendaciones de mis amigos, sino porque eran libros bastante leídos y, además, breves. El primero, Cartas del diablo a su sobrino, va por la duodécima edición y el otro, Una pena en observación, está en la novena.

El autor fue un famoso profesor de literatura medieval y renacentista; por lo visto, su libro Sobre el amor corteses una referencia imprescindible de los profesores de literatura de medio mundo. Fue gran amigo de Tolkien, el de El señor de los anillos, a quien dedicó el primer libro citado. Formó parte del grupo de escritores selectos de los años treinta. Su obra es amplia en el ámbito de la creación y la investigación literaria. Fue también autor de éxito en el campo de la ciencia ficción, por ejemplo, Más allá del planeta silencioso, y de los relatos infantiles, por ejemplo, Crónicas de Narnia. El cine lo ha tratado con cariño. Entre otras obras, Una pena en observaciónfue llevada al cine con el título Tierra de penumbras, protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger, y dirigida por Richard Attenborough.

Lewis fue ateo hasta 1929, que se convirtió al cristianismo, según relató en su Cautivado por la alegría. Admitió "que Dios es Dios" y, a partir de esa conversión, construyó una de las obras literarias y apologéticas más importantes del siglo pasado. Cartas del diablo a su sobrinoes una novela corta, publicada en 1942, a la vez que un ensayo de carácter religioso y ético. Son las epístolas de un demonio viejo y jubilado, Estrutopo, a su sobrino inexperto, Orugario, que acaba de ser asignado como tentador de un joven inglés residente en Londres. Todas las cartas son ensayos inteligentes para inducir al pecado al paciente y enfrentarse al Enemigo (Dios) en la lucha por el alma del humano. Dice las cosas más serias, como dice un amigo, sin perder la sonrisa.

Si tuviera que seleccionar un argumento de los muchos que aquí se esgrimen, no dudaría en recoger su crítica genial a cómo los humanos se apartan de la realidad mediante el pretexto de lo real. El presente y la eternidad son cuestionados por un futuro tan falso como inexistente. La actividad básica del demonio es mantener a los humanos apartados de lo real. Objetivos claves del demonio son el fomento de las falsas esperanzas, el evitar que los individuos se entreguen a algo con autenticidad, el presentar un hecho físico al margen del resto de la experiencia humana, hurgar en las dificultades del perseverar, alimentar falsas espiritualidades y, en fin, criticar y criticar la excelencia y el esfuerzo hasta que el hombre se haga un cínico completo.

Por encima de las estrategias literarias trazadas por el autor, la obra muestra de modo genial el principal límite del demonio que, en realidad, es el de nuestra época está poseída por sus poderes: la imposibilidad de concebir la virtud. El demonio, a pesar de tener un rango superior a los humanos, en verdad, es un ser espiritual superior, no puede comprender el bien. No puede, por ejemplo, concebir que el ser humano tenga un cuerpo, no acepta en modo alguno "querer vivir el cuerpo". No concibe la capacidad de que Dios ame a los hombres, de que algo salga bien, de que las virtudes, en fin, sean buenas. Naturalmente, tampoco sabe qué es la alegría. Las páginas dedicadas a la risa son portentosas. El diablo carece de sentido del humor.

Porque la actividad básica del demonio es mantenernos apartados de la realidad, no admitirá en modo alguno los placeres básicos y sencillos del ser humano, por ejemplo, pasear, leer un libro y entregarnos a "la aparición de una sola carne". En verdad, para el diablo, el hombre es una ofensa. El demonio percibe a Dios como un monstruo. El diablo está muerto de hambre. El diablo no quiere que crean en él. Mientras que Dios emplea los males como medios para producir bienes, el diablo emplea las virtudes humanas (que él no puede producir) para producir vicios.

Desde el punto de vista de la apologética cristiana, que no es el que aquí me interesa, hay dos asuntos de extraordinaria actualidad. El primero se refiere al concepto de amor en el pensamiento cristiano. Y, el segundo, a la proliferación y adoración de "Jesuses históricos" para negar la esencia del cristiano. Lewis, en 1942, se adelanta a las posiciones más serias de la "apologética" actual sobre el amor, porque muestra con brillantez que la inteligencia del demonio, que es mucha y perseverante, no le alcanza para entender el amor y el placer. Por eso, precisamente, siempre antepone el deber al placer. El cinismo es todo. De ahí que el peor enemigo del diablo no sea Dios sino otro diablo.

La jerga, y no la argumentación, es su mejor aliado. Y, en cualquier caso, hay que mantener las ideas de sus tentados vagas y confusas y, por supuesto, nadie puede dejar de vivir bajo un doble patrón de conducta. El demonio es el cínico completo con un doble objetivo: minar la fe e impedir la formación de virtudes. De los muchos temas claves de la psicología, o mejor, del alma del hombre contemporáneo, hay uno que enlaza con la segunda de las obras recomendadas. Es, en efecto, en la desgracia, en el infortunio, donde más éxito pueden obtener los demonios. Lewis, en este punto, es grandioso: gracias a la literatura, no entro en el asunto de la creencia, el ámbito operativo del diablo es superado.

Merced a un proceso literario magistral y auténtico, cuyo resultado son estas cien páginas, la pena, la desgracia y la desdicha más tremenda por la pérdida de su amada son llevadas hasta allí dónde el ser humano tiene que reconocer que "no somos capaces de entender. Puede que lo que menos entendamos sea lo mejor". La narración del profundo dolor que le produjo la desaparición de su esposa y, sobre todo, de la superación de este hecho pervivirá como un gran modelo en la lucha del hombre contra el mal.

El vacío, la soledad, la impotencia, el recuerdo, el amor, la fe, la esperanza, la confrontación con Dios, etcétera, toca el alma de los lectores, pero no más que la exposición de cómo se va reponiendo, cómo vuelve a lo cotidiano, al pensar con profundo respeto la vida de la persona amada y desparecida. Ambos procesos son impresionantes. En este libro Lewis parecer llegar al fondo de sí mismo, y lo muestra con hermosura literaria, a través de la radical experiencia del amor, el sufrimiento y la esperanza.

Conclusión: la literatura nos salva. Sin la experiencia de la escritura, del trabajo literario, hubiera sido imposible la catarsis, o mejor, la curación de Lewis. ¿No será esto obra del "demonio de la literatura"?

C. S. LEWIS: CARTAS DEL DIABLO A SU SOBRINO. Rialp, 12ª edición. Madrid, 2006, 140 páginas.
C. S. LEWIS: UNA PENA EN OBSERVACIÓN. Anagrama, 9ª edición. Barcelona, 2005, 103 páginas.

Agapito Maestre.

jueves, 8 de marzo de 2007

Cristina Kaufmann, un testimonio de inteligencia cristiana



La productora Eu-logos Media, y su director Francesc Grané, han lanzado al mercado un documento audiovisual de bastante interés. Se trata de un mediometraje en formato DVD, de 31 minutos de duración, que recoge una entrevista hecha por Grané en 1998 a la que fue priora del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Carmelitas Descalzas de Mataró durante más de veinte años, la madre Cristina Kaufmann, cuyo nombre de religión era Cristina María de la Divina Gracia. Se consigue a través de la librería Claret. Kaufmann falleció hace un año.


En dicha entrevista, la madre Cristina es preguntada sobre diversos aspectos de su vida y de su fe. Ella, con sencillez, va respondiendo sin premeditación ni recurso a respuestas sabidas. Piensa en voz alta y hace un ejercicio de inteligencia admirable, poniendo en juego su razón libre y abierta ante las cuestiones que le ponen delante. En todo momento se nota que no es una mujer que "defienda" principios o proteja su fe: por el contrario, ella hace un ejercicio de libertad gracias a su fe, una fe que lejos de anclarla a esquemas, le abre la razón a un horizonte ilimitado.

Por poner un ejemplo, cuando es preguntada por la reacción de Enrique Múgica ante el asesinato de su hermano a manos de la banda criminal ETA, cuando declaró: "Ni olvido ni perdono", Cristina Kaufmann evita caer en el tópico, y en el recurso a la receta de sabor evangélico, y juzga el hecho desde su experiencia humana, y desde su camino cristiano, y ofrece un juicio que, a la vez que salva a Múgica de una manera novedosa, señala también lo inacabado de esa proclama rencorosa, y nos habla de la incapacidad del ser humano de perdonar, y de la necesidad del don de Dios.

Del mismo modo es preguntada sobre el sexo, sobre la oración, sobre el alejamiento de los jóvenes de la Iglesia, sobre la soledad, sobre la relación del cristianismo con las otras religiones. En este último caso vuelve a hacer un uso limpio y sano de la razón. Viene a decir: "Yo soy cristiana, porque habiendo nacido en el seno de una tradición y familia cristianas, he hecho un trabajo de verificación de esa propuesta, y he encontrado una respuesta sobreabundante a mi sentido religioso. Por ello no experimento la necesidad de buscar en otro lado". Es decir, no habla de forma deductiva de la Verdad y la defensa de sus consecuencias, sino que hace el camino inverso, partiendo de su experiencia elemental. Esa libertad de juicio conlleva también el riesgo de no atinar con un juicio preciso, y algunas opiniones, por ejemplo en relación con los avances científicos en materia sexual y la Iglesia, pueden resultar más discutibles.

Sin duda lo mejor del documental es la entrevista en sí. Pero hay otros elementos de resultados más discutibles. Uno es el recurso a imágenes simbólicas de transición entre respuesta y respuesta, imágenes de cirios, de personas caminando de la mano o de túneles que, aunque tienen un sentido bíblico claro que el director Grané ha querido plasmar, le dan un aire "años setenta" que contrasta con la altura y densidad de las declaraciones de la carmelita. Digamos que esas imágenes entroncan con una tradición de montaje audiovisual típica de colegio religioso de los años inmediatos al Concilio, imágenes que a un joven de hoy le pueden resultar en exceso chocantes. Otro elemento es la música, muy variada, que en algunos casos es excelente, más en la primera parte, y en otros, en el tramo final, más discutible, compartiendo el mismo problema que hemos apuntado al hablar de los símbolos. Por último un tercer elemento son los textos de Santa Teresa, San Juan de la Cruz o San Agustín, que sirven para entroncar los pensamientos de Cristina Kaufmann con las grandes tradiciones espirituales y místicas de la Iglesia.

Todo está rodado en planos cortos, porque el primer espectáculo es el rostro de Kaufmann, que además de ser hermoso, es un reflejo de inteligencia y humanidad conmovedor y contagioso. Es muy importante que los no catalanes vean el DVD con subtítulos en castellano, pues verlo doblado es renunciar a lo mejor del documental, la voz sentida y precisa de la carmelita. En fin, un testimonio que merece la pena rescatar y saborear serenamente como una ayuda en nuestro propio camino personal.

Juan Orellana

miércoles, 7 de marzo de 2007

El disfraz de don carnal

La realidad de un acontecimiento es su carga de futuro. Hemos entrado en la cuaresma. El mundo está cargado de incógnitas que son falsas. Rueda de entretenimiento, carpe diem, todo fluye; el budismo y las nuevas formas de gnosticismo son hoy lo que enganchan, atrapan y esclavizan.


El mundo siempre ha existido para el hombre dos veces: una como naturaleza y otra como cultura. Estamos obsesionados con la búsqueda de lo natural; alimentos naturales, medicinas naturales, parajes y paisajes naturales; pero hemos olvidado la naturaleza de lo natural.
Quien ha experimentado la paternidad sabe que un nacimiento cambia nuestra percepción del tiempo. Cuaresma no es lo que viene después del Carnaval. La Cuaresma es el anuncio de un futuro cargado de esperanza. Los creyentes, al fin y al cabo, sabemos cómo termina la novela de la vida. Dios y el hombre se dan la mano en la Cuaresma, en los cuarenta días previos al acontecimiento cristiano por excelencia. Dios, en la Pascua, que es lo que da sentido a la Cuaresma, se entrega definitivamente al mundo, al hombre.

La fe ha inspirado a lo largo de los siglos la creatividad del hombre. Hoy, la cuaresma de lo humano es repetición sin sentido de una canción que no tiene fin. La estética del disfraz es la estética del movimiento, del quita y pon del corazón, del amor, de lo bello. Nuestro mundo es un mundo de quita y pon; quita un matrimonio para poner otro; quita una amistad para poner otra; quita un hijo para ponerme yo. Quítate tú, que sobras, para poner a quien yo prefiera. Así es el disfraz de don carnal; un hábito de quita y pon.

Benedicto XVI está empeñado en explicarnos la naturaleza de Dios para que comprendamos la naturaleza del hombre. Quien pretendió, en la historia, quitar a Dios para poner al hombre, ahora no tiene ni a Dios ni al hombre. En su pedagogía de Dios, el Papa no olvida que el amor es lo único digno de fe. El amor es el ceñidor de los acontecimientos en la historia. El Papa cita, en su mensaje con motivo de la Cuaresma, al teólogo bizantino Nicolás Cabasilas, cuya teología estaba muy influida por Platón. En uno de sus más famosos textos, la "Vida en Cristo", escribe: "Los hombres que tienen en sí un anhelo tan impetuoso que sobrepasa su naturaleza, desean fervientemente y son capaces de llevar a cabo cosas que trascienden el pensamiento humano". El anhelo de Dios, de la fraternidad del hombre, de la alianza entre las personas, entre los pueblos, entre las naciones, no puede ser otro que el anhelo de la alianza en el amor. Un amor que se vive y que se expresa; la santidad y la estética.

También es de Joseph Ratzinger esta reflexión, que bien pudiera ser nuestro mensaje de eros y agapé en la Cuaresma: "La verdadera apología del cristianismo, la demostración más convincente de su verdad contra todo o que lo niega, la constituyen, por un lado, los santos, y por otro, la belleza que la fe ha generado. Para que hoy la fe se pueda extender, tenemos que conducirnos a nosotros mismos y guiar a las personas con las que nos encontramos al encuentro de los santos y a entrar en contacto con lo bello".

José Francisco Serrano Oceja

CARTAS DESDE IWO JIMA



¿Una nueva ideología bélica?

Clint Eastwood ha hecho un experimento que podía haberle salido muy bien pero que ha resultado regular. Se trata de contar la decisiva batalla de Iwo Jima de 1945 a través de dos películas, una vista desde la perspectiva americana (Banderas de nuestros padres) y otra desde la nipona (Cartas desde Iwo Jima).


En primer lugar recordemos los hechos, pues se trata de películas históricas. En el tramo final de la Segunda Guerra Mundial, los aliados necesitaban bases aéreas cercanas a Tokio para atacar el corazón del Imperio del Sol Naciente con las superfortalezas volantes B-29. Las bases que tenían en China no les permitían autonomía suficiente para volar a la metrópoli nipona, y además en la zona de islas llamada Nanpo Shoto –donde radicaba Iwo Jima– los japoneses tenían radiolocalizadores que dificultaban las acciones aéreas. Así pues, tomar la infértil y pequeña isla de Iwo Jima era vital para acabar la guerra del Pacífico, ya que además allí los aliados podrían disponer de tres aeródromos.

Conviene no olvidar que estamos hablando de la guerra contra el Eje, contra el fascismo y contra Hitler, porque parece que tácitamente se impone una ideología pseudopacifista por la que los americanos casi deberían arrepentirse de haber atacado Japón. Los que piensan así, creen en el fondo que si Afganistan e Irak son venganzas del 11-S, Hiroshima y Nagasaki serían venganzas de Pearl Harbour. Dejando de lado este esquematismo de raíz marxista –como casi todo lo que se vende hoy en el supermercado intelectual– refresquemos algunos datos realmente imponentes. En Iwo Jima lucharon más de 60.000 marines contra 21.300 japoneses. Los americanos tuvieron 4.891 bajas, y unos 2.000 heridos. Los japoneses contaron 21.000 bajas (en realidad sólo se salvaron 212 soldados, que fueron hechos prisioneros).

Cabría pensar que los americanos entraron como Pedro por su casa, pero como muestran con mucha exactitud los dos films de Eastwood, eso no es cierto. El desembarco en la playa fue una carnicería, y allí y en los alrededores del monte Suribachi es donde cayeron casi todos los americanos en un lapso de menos de 24 horas, y tengamos en cuenta que se tardó un mes en conquistar la isla. El balance –estremecedor– es que por cada soldado nipón, los americanos descargaron dos toneladas de explosivos con el resultado de un caído americano por cada cuatro japoneses.

Dicho esto, nos encontramos con que Clint Eastwood opta por prescindir del contexto histórico objetivo –la lucha trascendental entre el modelo democrático aliado y el modelo totalitario– y se centra en el plano subjetivo: la experiencia del soldado. Esto en sí ya es de dudosa licitud, pues la experiencia personal del soldado de aquellos años era inseparable de su conciencia histórica: tenían asumida una conciencia clara de "misión histórica". Sin embargo, Eastwood aplica los criterios actuales de una sociedad escéptica y sin ideales sobre un mundo mucho más idealista que el nuestro. Es decir, ese existencialismo sombrío y resignado que vemos en muchos personajes de ambos films –sobre todo en Cartas desde Iwo Jima– posiblemente tiene más de proyección de un americano irritado con la Guerra de Irak que de fiel reflejo histórico.

Esta proyección acrónica, que en gran medida es inevitable y es una característica del cine –¿no proyectó Bergman en su caballero medieval Antonius Block el existencialismo post-Yalta?– se vuelve más opaca en Eastwood cuando comprobamos que no nos cuenta nada original, que los temas que aborda ya los hemos visto muchas veces en el cine de Kubrick, David Lean, Spielberg, Tavernier, y muchos otros. No estoy diciendo que Cartas desde Iwo Jima –la mejor de las dos y que opta entre otros, a los Oscar a Mejor Película, Mejor Director y al Mejor Guión Original– sea una mala película. Digo que no es la obra maestra que podía haber sido. Está muy bien rodada, y las escenas puramente bélicas deben ser bastante parecidas a lo que ocurrió en la realidad de aquel mes de febrero de 1945.

Lo que más me interesa es el homenaje que el film supone para el teniente general Kuribayashi, uno de los mejores militares que tenía el Ejército del Emperador, y cuya encarnación por el gran actor Ken Watanabe es excelente. De hecho es increíble que no esté nominado a los Oscar dado que su trabajo es mejor que el de Peter O´Toole en Venus, por ejemplo. Y este personaje es interesante porque encarna a un hombre íntegro, muy militar pero muy racional, y por ello muy humano. No puedo juzgar si se parece al Kuribayashi real –aunque la película se inspira en sus memorias–, pero como personaje de guión tiene una construcción muy conseguida.Otro aspecto que impide al film tocar la inmortalidad es una cuestión de estilo que caracteriza algunas películas de Eastwood: su frialdad emocional. No se puede decir que eso sea un defecto, es una opción legítima. Pero una historia de este tipo, en la que todo "es ya sabido", requiere un plus de emotividad que permita al espectador identificarse más con los personajes. Ciertamente hay momentos de gran sentimiento, como la despedida del soldado de su hijo aún creciendo en el vientre materno, pero no es el tono que domina el film. En cualquier caso, Cartas desde Iwo Jima no debería arrebatarle el Oscar a Babel.

Juan Orellana

sábado, 17 de febrero de 2007

'Yo escogí la esclavitud', de Valentín González, 'El Campesino'


Testimonio real de El Campesino, comunista y cazacuras durante la Guerra Civil y fugado de Siberia bajo Stalin.

Desde el punto de vista bibliográfico sorprende el desequilibrio que existe entre libros dedicados a tratar de la Inquisición, por ejemplo, y los que narran los males del comunismo. Es un fenómeno curioso que apunta a que la cultura está dirigida y que el supuesto debate sólo existe en programas utópicos que nunca llegan a realizarse.

Cayó el muro pero no desapareció el silencio. Es cierto que, de vez en cuando, se filtra algo de información como el Libro Negro del Comunismo, pero la tónica general es de memoria contenida.

Valentín González fue un célebre militar republicano español. Firmemente convencido de los bienes del comunismo, luchó contra los nacionales y, al parecer, no se quedó corto en la persecución de curas. Al menos la fama lo apuntaba como un ejecutor impasible capaz de todo en aras del comunismo.

Ya durante la guerra resultaba bastante molesto para sus propios correligionarios que intentaron eliminarlo. Pero logró salvarse y fue uno de esos privilegiados que viajaron al paraíso del proletariado: la URSS.

Mientras algunos de sus camaradas, como la Pasionaria o Carrillo, comieron agradecidos del pesebre que les montó Stalin, nuestro amigo, algo impetuoso, y quizás más desobediente que idealista, no logró soportar la farsa. A pesar de haber ingresado en la academia militar con grado de General acabó en Siberia acusado de conspirar (cabe decir que potencialmente todo ciudadano soviético lo era, lo que pasa es que el sistema judicial y la policía no daban abasto).

En un país en que la población se dividía, con una línea confusa, entre delatores y delatados, eso no es extraño. Lo curioso es que fueron sus amigos españoles quienes lo entregaron a los campos de concentración de Siberia. La traición era un grado para el buen comunista. Así lo pensaba Stalin, auténtico emperador del terror.

De sus decepciones y de lo sufrido en los campos soviéticos tratan estas memorias escritas por “El Campesino”, que consiguió huir del paraíso socialista en 1949 a través de Irán. Alentado por su amigo Gorkin escribió este testimonio, para que el mundo pudiera conocer la verdad de la praxis comunista.

Todo el relato es impactante. Aún hoy no podemos dejar de sorprendernos por el régimen de terror que duró durante tantos años y afectó a millones de personas mientras nuestros izquierdistas de occidente cantaban loas. Aunque solo fuera para conocer algo de aquel infierno vale la pena leer este libro.

Al lector, sin embargo, le quedará algo de regusto en la boca. 'El Campesino' explica las torturas a las que fue sometido, ciertamente terribles y también aplicadas por los comunistas en las checas de Madrid y Barcelona durante la Guerra Civil; también denuncia con dolor que Stalin convirtiera el ideal comunista en una tiranía pero… se arrepiente de haber luchado por esa causa, pero no de los crímenes en los que él mismo participó.

De alguna manera una redención incompleta. Aún con ello nos alegramos de la publicación de este testimonio que en parte se lee como una novela de aventuras y que servirá para que no se olviden fácilmente de los mayores crímenes de la historia: el stalinismo.

Juan Hernández
ForumLibertas.com

viernes, 16 de febrero de 2007



La nueva publicación de la biografía de Hillaire Belloc sobre María Antonieta coincide con la aparición de la revista Chesterton. No es mal presagio. Belloc (1870-1953), gran amigo de Chesterton, era católico, como éste (aunque desde siempre), y juntos libraron innumerables batallas políticas y sociales. Tan íntima fue su colaboración que George Bernard Shaw, adversario de ambos en más de una ocasión, llegó a hablar de Chesterbelloc.

Belloc era francés, pero adoptó la nacionalidad inglesa cuando empezó su (breve) carrera política. Lo suyo no era la acción, mucho menos la política. La suyo era escribir –y provocar–, y a eso se dedicó toda la vida, con una intensidad tal que acabó agotado. En 1909, fecha de publicación de su María Antonieta, había dado a la imprenta 28 libros. No bajó el ritmo hasta que cayó enfermo, en 1940.

Su madre, inglesa, había vuelto a su país al enviudar, en 1872. Belloc se educó en Inglaterra, pero de su primera nacionalidad le quedó un interés especial por Francia. Entre su copiosísima obra destacan varios trabajos de tema francés. Algunos fueron muy tempranos, como los dedicados a París en 1898 y 1900, la gran biografía del cardenal Richelieu (1929) y la serie de estudios sobre la revolución, entre los que destacan la monografía La Revolución Francesa (1911), una novela histórica (The Girondin) y, sobre todo, un puñado de biografías de algunos de los protagonistas de aquellas jornadas: Danton (1899), la excelente Robespierre (1901) y la que hoy nos ocupa.

Una de las principales preocupaciones de Belloc, si no la principal, y la que probablemente da sentido a toda su obra, es la religión. En coincidencia con Chesterton, Belloc veía en la pérdida de la fe (cristiana) en los países europeos el origen de una gigantesca catástrofe histórica que acabaría con la propia Europa. A este asunto dedicó buena parte de su esfuerzo entre 1920 y 1930, precisamente cuando los totalitarismos se adueñaron de este pedazo de Occidente y estuvieron a punto de acabar con él. Cosa que habrían conseguido de no ser por un país que Belloc conocía bien, por ser su esposa originaria de allí: Estados Unidos.

Belloc bautizó aquel movimiento con el término neopaganismo, que viene a ser no un avance, sino la restauración de una mentalidad precristiana. El neopaganismo se estaba instalando en la mentalidad europea y era incompatible con la tradición cristiana del continente. Si no se le ponía freno, se llevaría por delante la religión y la propia Europa. Con gran lucidez, Belloc supo prever que esa fuerza destructiva no dudaría en aliarse, llegado el caso, con otras tradicionalmente enemigas de la Cristiandad. Pensaba, más en particular, en el Islam.

Todavía no había desarrollado estas grandes ideas cuando escribió su biografía de María Antonieta. Pero es obvio que la preocupación por el destino de la Europa cristiana (no hay otra para él) está presente en cada una de sus páginas.

La desgraciada María Antonieta ha ejercido siempre una fascinación particular, que se ha visto reanimada en los últimos meses con el estreno de una película dedicada al famoso escándalo del collar de diamantes. La editorial Siruela ha publicado un estudio exhaustivo sobre este truculento asunto. Siempre ha estado en circulación, por otra parte, ese clásico del género biográfico que es la María Antonieta de Stefan Zweig (1932).

Zweig debe mucho a Belloc, como es natural, aunque tuvo acceso a documentos –los referidos a la relación amorosa de la reina con el aristócrata sueco Fersen– desconocidos para el escritor inglés. Por otra parte, Zweig es más sensible que Belloc a la intimidad de una mujer que, en su relato, supo elevarse en los últimos momentos hasta la dignidad del papel trágico que la historia le tenía reservado. Belloc no es tan delicado, pero también es un gran escritor, y de su María Antonieta nos interesa hoy, lejos del retrato sentimental de Zweig, la pintura más ruda, pero igualmente fascinante, de las gigantescas fuerzas políticas y culturales de que aquélla fue víctima.

Las paradojas, como en un texto de Chesterton, se suceden una tras otra. María Antonieta, según Belloc, acabó pagando con su vida la alianza entre Austria y Francia, que desnaturalizó la vocación nacional francesa y contra la que se hizo, en parte, la revolución: la reina nunca entendió a Francia, y Francia, país misógino donde los haya, al menos en ciertas cosas, se lo hizo pagar con creces.

También fue víctima de la Revolución Americana, que arruinó a la Monarquía francesa, propició la revolución en el Hexágono y crearía lo que acabaría siendo la única potencia occidental capaz de defender la idea misma de Europa. Y, además, fue víctima de ese primer totalitarismo que, en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, se empeñaría a partir de ahí en destruir aquello mismo que invocaba.

María Antonieta, tan antiguo régimen en tantas cosas, acaba siendo tan contemporánea nuestra, o más, que sus verdugos y los cómplices de éstos. Este personaje tan superficial, tan frágil, en más de un sentido tan insignificante y en otros tan antipático, acaba simbolizando aquello mismo contra lo que combatiría Belloc en sus obras futuras, el ya citado neopaganismo.

Esta biografía, superada en algunos asuntos, sigue siendo una obra llena de intuiciones geniales acerca de la Europa que entonces empezó a emerger, sobre la que Belloc reflexionó sin descanso. Nunca se resignó a su triunfo ni se hundió en la desesperación, como sí le ocurrió a Zweig. (Véase a este respecto el ensayo que escribió otro escritor católico, y francés, Georges Bernanos, cuando tuvo noticia del suicidio de Zweig en Brasil, donde él mismo se había refugiado). La obra entera de Belloc, también esta biografía, testimonia de su negativa, tan propiamente británica, a plegarse a lo que con tanta lucidez y tanta febrilidad estaba diagnosticando.

Para terminar, citaré un pasaje del libro:

Cuando una sociedad se está acercando a una convulsión como la que se aproximaba para Francia, el ritmo del cambio aumenta prodigiosamente con cada paso hacia la catástrofe. "¡Eso no puede ocurrir! ¡Tal cosa no puede ni soñarse!". Pero tales cosas llegan a suceder, y por último, todos se sienten impotentes espectadores de un proceso tan fuerte y rápido que no hay ciencia humana que lo pueda detener. La literatura política en tales momentos se dedica sólo a la crítica o a teorizar; ya no defiende su causa; menos aún puede dirigir. Así ocurre hoy en más de una nación de la Europa occidental; así ocurría a fines del reinado de Luis XV.

Como se ve, Hillaire Belloc alcanza cuando quiere la altura de un clásico. Es decir, la de quien está de permanente actualidad.


HILLAIRE BELLOC: MARÍA ANTONIETA. Ciudadela (Madrid), 2007, 510 páginas.

Pinche aquí para acceder a la página web de JOSÉ MARÍA MARCO