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lunes, 25 de enero de 2010

Ágora: Hipatia


Ahora la cosa va directamente contra la religión y particularmente contra el cristianismo. Lo malo de la trama que cuenta la película es que es mentira desde el principio hasta el final.
El cine es un maravilloso medio para contar la Historia, pero tiene sus limitaciones: a veces, las ambiciones excesivas pasan factura. Los realizadores de «El Código da Vinci» pretendieron convertir a Magdalena en diosa y se pasaron. Amenábar pretende, nada más y nada menos, contar una historia a partir de la cual «el mundo cambió para siempre». Y se ha vuelto a pasar cuatro pueblos más. La película tiene tantos mensajes ideológicos que es imposible meterlos en dos horas y, al mismo tiempo, mantener un ritmo entretenido, interesante y espectacular.


El cine requiere medir las secuencias, los silencios, los tránsitos y, sobre todo, un guión que mantenga la atención del espectador. Es una pena, porque la película contaba con todos los mimbres: un gran director, una generosa producción, una preciosa actriz, un maravilloso decorado y una perfecta ambientación.

Pero lo que pretenden es inyectar en una pastilla los siguientes mensajes:

  • Primero, que las religiones generan odio y violencia.
  • Segundo, que el cristianismo es la más talibán de todas y la que empezó.
  • Tercero, que existen dos mundos, por una parte, el de la filosofía y la ciencia, contrapuesto e incompatible con el de la religión.
  • Cuarto, que el cristianismo al principio fue misericordioso, pero la jerarquía eclesiástica y la Iglesia son por definición intolerantes y fundamentalistas.
Y, sobre todo, hay dos mensajes más que son especialmente queridos por la película y por toda la explosión de libros y propaganda que estos días se vienen haciendo: el cristianismo es la causa de la caída del Imperio Romano y de la desaparición de la sabiduría grecolatina. Además, es el culpable de la subordinación y dominación de la mujer por parte del hombre.

En fin, Alejandría e Hipatia son el símbolo de una civilización grecorromana basada en la filosofía, la ciencia y la libertad, hasta que llegó el cristianismo y comenzó la oscura Edad Media. Demasiado para una sola película. Y la cosa continúa porque, según declara el director, «es increíble cómo se parece a la situación actual».

¿Es casualidad que desde julio hasta el estreno de la película se hayan publicado más de cuatro biografías sobre Hipatia, paradigma de las cuales es la de Clelia Martínez Maza, financiada por la Dirección General de Ciencia y Tecnología? Más de 10 novelas, ejemplo de las cuales es la escrita por el hermano de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura, además de multitud de estudios de historia sobre la época. Y todo ello con el mismo mensaje. Que todo salga al mismo tiempo no puede ser casualidad. Una vez más, nos encontramos con un ataque ideológico perfectamente orquestado, del cual, por cierto, Amenábar suele ser pistoletazo de salida, como lo fue en el caso de «Mar adentro» con la eutanasia.

Ahora la cosa va directamente contra la religión y particularmente contra el cristianismo. Lo malo de la trama que cuenta la película es que es mentira desde el principio hasta el final.. Forma parte de la estrategia de reescribir la Historia a la que es tan aficionada nuestra izquierda. Hipatia no fue asesinada siendo una joven tan hermosa como Rachel Weisz, de 38 años, sino que murió en el año 415 y tenía 61. No fue famosa por sus dotes de astronomía por más que en la película se empeñen terca y cansadamente, atribuyéndole haberse adelantado a Kepler más de mil años; sino porque era una «divina filósofa» platónica, en palabras del obispo cristiano Sinesio de Cirene -única fuente coetánea que se conserva sobre ella-, a la que llama en sus cartas «madre, hermana, maestra, benefactora mía». El citado obispo, a quien en la película se le hace traidor y cómplice en el asesinato de la filósofa, murió dos años antes que ella, así que es imposible que tuviera nada que ver con su muerte.. Ella fue virgen hasta el final, pero no vivió la castidad como ha dicho la protagonista, que se ha declarado feminista radical, «para ser igual que un hombre y poder ejercer una profesión con plena dedicación».. Lo hizo porque, coherente con su filosofía, ejercía la Sofrosine, es decir el dominio de uno mismo a través de las virtudes entendidas como el control de los instintos y las pasiones.

Hipatia nunca fue directora de la Biblioteca de Alejandría, ni ésta fue destruida por los talibanes cristianos. La biblioteca fue incendiada por Julio César,saqueada junto con el resto de la ciudad por Aureliano en el año 273, y rematada por Diocleciano en 297. Es verdad que en el año 391 fue destruido lo que quedaba del templo del Serapeo después de la destrucción por los judíos en tiempos de Trajano, y también el repaso que le pegó Diocleciano, quien, para conmemorar la hazaña, puso allí su gran columna, razón por la cual los cristianos lo destruyeron, ya que él era el símbolo de las persecuciones que sufrieron durante trescientos años. Pero lo que allí quedaba de la biblioteca era tanto como lo que restaba en otros sitios. El paganismo siguió existiendo en Alejandría hasta que llegaron los árabes. Y el neoplatonismo siguió floreciendo, hasta que lo recuperó el renacimiento cristiano. Por cierto, que yo sepa, su más brillante exponente se llamaba San Agustín, coetáneo de Hipatia.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Los tres ángeles. Rublev



Corre el año 1411 Un monje pintor finaliza un icono. Con delicadeza traza las últimas líneas.
Es un icono que con el tiempo llegará aser conocido como el icono de los iconos.

En él se representan tres ángeles.
El primer ángel está a la izquierda.
El segundo ángel aparece en el centro del icono.
El tercero a la derecha.

El pintor de este icono fue Andrei Rublev... Ideó su obra inspirado en un relato que se narra en el libro del Génesis. El icono representa la visita de tres ánteles a Abraham, junto al encinar de Mambré...(Génesis18, 1-15)






Los ángeles despliegan alas que se rozan entre sí... Esto simboliza la íntima unidad que existe entre ellos.

En realidad, los ángeles no son ángeles... Son las tres Personas de la Santísima Trinidad. El color azul de sus vestidos delata su divinidad.





El ángel de la izquierda representa al Padre... Su trascendencia se indica mediante el ropaje transparente.








Este ángel representa al Hijo... Su ropa no es transparente... Pues el Hijo se encarnó y se hizo hombre. Por eso viste una túnica roja como la sangre.










El tercer ángel representa al Espíritu Santo... Sus vestidos también son etéreos, aunque no tanto como los del Padre. Predomina el color verde esperanza.














El Espíritu y el Hijo miran... al Padre... Pero los tres sostienen báculos de mando que representan la igualdad de su dignidad. En la imagen, la vista pasa de un personaje a otro. Es decir, existe la estructura de un... círculo... Esto expresa la eternidad de Dios.




Detrás de la imagen del Padre vemos una mansión... Simboliza el Templo del Antiguo Testamento, pero también da cuenta de la promesa que nos hizo Jesús cuando dijo: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”

Detrás de la imagen del Hijo vemos una encina... Simboliza el árbol del bien y del mal en el que sucumbió Adán; y el árbol de la cruz del que surgió la victoria de la Vida.


Detrás de la imagen del Espíritu Santo se aprecia una montaña... Es el monte Sinaí, donde se dictó la Ley; y simboliza también el monte de las Bienaventuranzas donde se anunció la Nueva Ley.



El Hijo consagra un cáliz porque es verdadero y eterno Sacerdote.


El cuadro debajo del cáliz representa las cuatro esquinas de la tierra. Rublev pensaba que la Tierra era plana. Pero el gesto apunta hacia otro mensaje...
El mensaje es: El cáliz está sobre la Tierra...
Por lo tanto, Dios continúa bendiciendo su Creación.




Finalmente, las tres Divinas Personas forman entre ellas... un cáliz. En resumen, el mensaje del icono es aquel mismo que leemos en el Evangelio..



¡DIOS ES AMOR!

Y como Dios bendice, consagra y ama, su nombre bien puede ser...


INFINITA MISERICORDIA


lunes, 19 de mayo de 2008

Entrevista a la monja pintora Isabel Guerra


Por Elena Pita

“Yo era una niña rebelde que rechazaba a los maestros. Quería hacerme mi propia escuela. Y no estoy arrepentida”

Isabel Guerra es la monja pintora que, desde su clausura en el monasterio cisterciense de Santa Lucía, Zaragoza, llega cada dos o tres años a Madrid para exponer sus cuadros: llenazo asegurado, venta total. Sus vocaciones han corrido paralelas desde la adolescencia: fue una niña rebelde que quiso pintar y amar a Dios, autodidacta. No crean que la vida monástica le ha apartado de las preocupaciones terrenas: convencida de que este mundo no puede gustarle a nadie, su obra contiene un mensaje de esperanza: la belleza es posible, no todo está perdido.


Último día antes de ingresar en el monasterio. Isabel con su padre 1970.
Fotografía de Chema Conesa


Vísperas de El Pilar. En el monasterio de Santa Lucía (Zaragoza), todo está preparado para festejar la patrona. Huele a coliflor cocida. Tocamos un timbre, pero el portón está entornado y entramos sin esperar. “¿Vienen a ver a Isabel Guerra?”. La voz suena en el hall sin presencia alguna. Nos miramos: ¿eh? “Sí, ustedes, ¿vienen a ver a Isabel Guerra?”. Nos habla una persiana de madera clara, sin rostro ni luz. Y nosotros, sí, sí. “Pues crucen el refectorio, llegarán a un vestíbulo con tres puertas, abran la de la izquierda, entrarán en otro vestibulillo; sigan y, al fondo, encontrarán el comedor: allí les espero”. La voz. Isabel Guerra es una monja de aspecto convencional, de siempre, menuda e ingrávida sobre sus botas tobilleras, edad indescifrable (Madrid, 1947) y tez translúcida apenas moteada de alguna rojez sin disimulo. Hubo un tiempo que para pintar viajaba, haciendo uso de una bula papal, pero ya no: prefiere el silencio del convento, donde pinta a sus muchachas, cándidas y bellas, imágenes hiperrealistas, como fotos, sobre fondos abstractos o figurados, como papeles pintados.

P.La Historia del Arte cuenta con no pocos religiosos artistas, pero hoy, ¿ya sólo queda usted?

R.Bueno, no sé, no me atrevería a decir tanto: única mujer consagrada dedicada a las artes... Quizá sí sea la única con una vida tan intensa en cuanto a exposiciones.

P. O sea, éxito. ¿Le sorprende que nos sorprendamos tanto de su condición?

R. Hay aún quien se sorprende, sí, pero es anecdótico: llevo tantos años en las galerías madrileñas... Al verdadero aficionado al arte le da lo mismo mi condición personal.

P. Sin embargo, en Sokoa, su actual galería, me han comentado que cuando empezó con ellos hace i8 años trataron de ocultar su condición religiosa. ¿Por qué?

R. Sí, así fue, pero de repente un día la gente te conoce personalmente, porque al público le gusta hablar con el pintor, y el pintor aprende de la reacción del público. Es algo que yo no trato de ocultar.

P. Sintió la vocación pictórica a los 12 años, ¿por qué no enfocó por ahí sus estudios?

R. Desde entonces no hice nada más que pintar, lo dejé todo: me dediqué a estudiar y vivir la pintura en toda su plenitud.

P. Pero sin títulos, ¿no tenía medios?

R. No, no, en absoluto. Mi familia era acomodada, disfruté de un ambiente muy agradable para desarrollar cualquier estudio. Tenía el privilegio de vivir en la esquina del Viaducto, entre el Palacio Real y San Francisco el Grande [Madrid], con los balcones mirando a la sierra. Todo empezó por cumpleaños, me regalaron una caja de óleos y sentí una emoción inexplicable: abrí el balcón, vi aquel paisaje, el mismo de los retratos de Velázquez, y sobre la tapa de una caja de puros copié del natural. Pero yo era una niña rebelde que rechazaba a los maestros: quería hacerme mi propia escuela y estudio. No sé si para bien o para mal, pero así fue y el resultado ahí está, que otros lo juzguen. No estoy arrepentida, no me ha ido mal.

P. ¿Cómo estudiaba?, ¿lo confió todo a su intuición?

R. Sola. Pensé que lo importante era aprender a ver, y que eso lo tenía en los grandes maestros y en los museos. Me pasaba larguísimas horas en el Prado, en cuanta exposición se convocaba, estudiando los libros de arte, que siempre han sido mi obsesión, que me comen el terreno y la vida. Pero lo más importante para crear tu propio mundo es trabajar incesantemente.

P. Y ahora que es usted académica de la Real de San Luis, ¿sigue pensando que a pintar no se enseña?

R. No me atrevería a decir que el mío sea el camino idóneo. El aprendizaje junto a un gran maestro puede ser muy válido para desarrollar después el propio estilo. Pero yo lo vi así, y no tuvo vuelta atrás.

P. Expuso por primera vez con i5 años. ¿Quién le organizaba las exposiciones?

R. Ciertas amistades de mis padres relacionadas con el mundo del arte.

P. ¿Le trataron como niña prodigio?

R. Tal vez sí, aunque hoy con 15 años ya no eres una niña, entonces sí lo eras. A mí me molestaba mucho lo de niña prodigio, no me hacía ninguna gracia; yo quería ser una pintora normal.

P. ¿De ahí quizá su rebeldía?

R. Pues pudiera ser.

P. ¿Y a qué edad sintió la llamada de Dios?, ¿se dice así?

R. Sí, se dice así [sonriente]. Pues a la misma, a los 12 años. Pero a esa edad no puedes encontrar el lugar donde desarrollar tu vocación. Tuve que esperar hasta los 23 para realizar esa llamada, hasta encontrar este monasterio.

P. ¿Cuál fue la primera reacción de su familia: pensaron que el convento truncaría su futuro como artista?

Terrible, sobre todo por parte de mi madre. Lógico, yo era hija única, y ellos vivían absolutamente centrados en mí. Habían estado i0 años de matrimonio deseando tener un hijo, sin conseguirlo: fui una niña muy deseada. La separación se les hacía terrible, pero fueron evolucionando en su manera de verlo y, al final de su vida, estaban absolutamente encantados: “Estamos felices, está donde mejor podía estar”, decían. Luego tuve la gran suerte de poder asistirles en sus enfermedades hasta la muerte.

P. ¿Y usted nunca temió que una vocación solapara a la otra?

R. Sí, al entrar en el monasterio, pensé que probablemente la pintura sufriera, incluso que tuviera que desaparecer de mi vida. Pero el mismo día que ingresé, mis superioras me dijeron que aquí podría seguir pintando exactamente igual: era una práctica que se adaptaba perfectamente al monasterio. San Benito, autor de la regla benedictina, que también profesamos los cistercienses, dedica un capítulo de su obra a los artistas del monasterio.

P. He leído que cuando ingresó en clausura su estilo era impresionista, que luego evolucionó hacia el expresionismo y que ahora se acerca más al realismo.

R. Sí, ahora mi pintura va siendo más empastada e incorporo elementos de
abstracción en los fondos, que hacen una especie de mestizaje con el realismo de la figura.

P. Y, desde una vida tan apartada, ¿qué influye en su pintura para hacerla evolucionar?

R. El monasterio es un lugar riquísmo para la inspiración. Nuestro modo de vida se orienta a la búsqueda de la belleza; para nosotras la estética no es solamente escenográfica, sino vital: buscamos la paz y laSokoa, galería de arte. Tel.: 91 575 72 39. Web: www.galeriasokoa.comserenidad, un clima de silencio y admiración hacia el creador.

P. Pero, ¿cuál es su ventana al mundo real?

R. Pues los medios de comunicación y las personas que se acercan al monasterio, que como cisterciense tiene una actividad de acogida a quienes quieren participar en nuestra vida de oración, contemplación, silencio y liturgia, y nos hacen partícipes de sus problemas: vienen en busca de una palabra y de que les escuchen. Se produce un intercambio, conocemos sus esperanzas y desesperanzas, sufrimientos y goces.

P. ¿Una acogida caritativa?

R. No, no, fraternal, de amistad. Pasan con nosotros unos días, rezan con nosotras, participan del silencio y respiran un clima totalmente distinto.

P. Isabel, ¿qué le transmite esa realidad que ve cuando sale al exterior?, ¿le gusta?

R. ¿Este mundo convulso y violento que vivimos? Yo creo que no puede gustarle a nadie. Intento luchar dando pistas de todo lo contrario: luz y esperanza. Hay otros que luchan con el testimonio, utilizando el arte como un espejo de la violencia. Yo intento transmitir una fórmula que evite que la violencia se apodere de nosotros.

P. ¿El arte no ha de servir para transmitir los sentimientos que lo real provoca en el artista?

R. Yo me baso en lo real, no invento mis imágenes, pero llamo la atención sobre la paz y la luz, que sí está entre nosotros. Por ejemplo, ahora mismo estamos aquí bien, a gusto, sin violencia: luego es un mundo posible, y eso es lo que intento demostrar: que no está todo perdido, que la situación no es irreversible, que no estamos en el camino a la distorsión absoluta de la Humanidad. No, es posible encontrar caminos de belleza. Esto es lo que intento decir, y hay quien lo recoge.

P. ¿Sería capaz de denunciar artísticamente la violencia, o no le interesa?

R. Es que lo que hago también puede ser una denuncia. Introducir una imagen de belleza y de paz es un choque tremendo. Me he enterado que grupos pacifistas en Estados Unidos emplean para sus manifestaciones imágenes de mis cuadros, como forma de protesta. ¿Sorprendente?

P. Pues sí. ¿Qué es lo que más le horroriza de nuestra estética feísta?

R. No lo sé, tengo una especie de sano escepticismo. Quizá lo que más pena me da es ese intento de hacer cultura de lo feo, cultivar lo distorsionado.

P. ¿Qué artista contemporáneo le gusta especialmente?

R. Todos, todos los buenos, depende de los momentos. Lo difícil es percibir la línea que separa lo superficial de lo verdadero.

P. ¿Miquel Barceló?

R. Lo que hace me parece muy bonito, pero no me gusta más que otro.

P. Madre, ¿el convento vive de sus cuadros?

R. No quiero hablar del asunto económico. Ora et labora, el monje es el que vive del trabajo de sus manos. Tan importante es la liturgia como el trabajo. En el monasterio se hacen encuadernaciones y restauración de libros y documentos.

P. El Gobierno revisará las ayudas a la Iglesia en pos de una diversificación hacia confesiones minoritarias, ¿le preocupa?

R. Espero que Zapatero sea tan inteligente y buen gobernante como para no hacer nada disparatado. Imagino que sus reformas llevarán a un buen puerto.

P. Ha pintado retratos de políticos como Luisa Fernanda Rudi, ¿a quién no retrataría por nada del mundo?

R. No sé, no estoy en contra de nadie. Es un género complicado: es difícil que un pintor no se autorretrate continuamente, y esto me parece grave. Además, para mí es ingrato, porque no te permite expresar demasiadas cosas. Sólo lo practico cuando tengo un compromiso muy ineludible. Como todos los pintores realistas, al principio tuve que dedicarme a ello para sobrevivir, pero a estas alturas, no lo necesito.

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Tocan a almuerzo en el convento y aquí seguimos enfrascados con sus catálogos, su caballete y espátula: su vocación; ante un cuadro por terminar, porque el resto de su obra está ya vendida, a razón de una media entre 1.800 y 9.000 euros. Isabel Guerra, una monja muy moderna, que se ha adaptado a la velocidad de estos tiempos telemáticos (“mis cuadros se cuelgan en Internet, no sé quién lo hace, ni por qué, pero la vida impone sus leyes”), con la misma agilidad que transita de su estudio al refectorio, trayéndonos sus bártulos, sus cosas: no piensa por ahora en la comida. Hablamos del dolor de sus vocaciones, “no me vea usted pintando”, le dice a Chema mientras él intenta atrapar en su foto idéntica luz a la de sus cuadros, colándose la luz por la celosía que nos impide divisar clausura. Isabel no es diletante: “Me duele tanto mi vocación de pintora como esta otra”, y en diciéndolo se palpa los hábitos, de negro y crema. ¿Y las modelos?, le pregunto: ¿cómo llegan hasta usted, madre?, ¿cómo vienen al convento? “Yo las elijo”, niñas cándidas y bellas, encendidas de su imaginación, en vestidos vaporosos, sandalias, paz y amor: “Y también elijo sus ropas, aunque a veces me gusta lo que traen puesto y así las pinto”. Quizá le recuerden el día ya lejano en que ella misma llegó hasta aquí, siguiendo a su amiga del alma, para quedar “enganchada” de por vida.

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