sábado, 3 de febrero de 2007

Holocausto. Recuerdo y representación

La globalización del recuerdo del Holocausto constituye hoy en día un paradigma de memoria ejemplar. Al mismo tiempo, los debates y polémicas sobre la representabilidad de la Shoah no hacen sino valorizar la libertad de expresión. Por el contrario, defender la especificidad de Auschwitz para a continuación trazar paralelismos imaginarios y construir amalgamas identitarias revela todas las falacias y equívocos que subyacen al concepto de memoria histórica de los actuales gobernantes de España. Un perfecto ejemplo de "abuso de la memoria", del que este libro no está exento.

Tampoco está libre del temor que la revolución de la información y el desarrollo tecnológico despiertan en parte de la izquierda. Basta recordar las admoniciones contra la modernización contenidas en el Manifiesto comunista y puestas al día por la Escuela de Frankfurt, una de las principales referencias del autor en su teorización sobre los medios de comunicación, la producción cultural y las identidades colectivas.

A juicio de Baer, éstas se encuentran amenazadas por el caos creado por el "crecimiento desproporcionado de la información", algo que debe combatirse por la memoria. Argumento ahistórico –o antihistórico– y autoritario, pues pretender la fijación de una "cultura cívica global" es imposible sin un ejercicio previo de censura y canonización. ¿A quién corresponde dictar lo que debe o no ser recordado? ¿Debe haber interpretaciones proscritas?

Son cuestiones que el autor deja sin resolver, aunque celebra –de forma algo ingenua– que la construcción de la memoria haya dejado de ser monopolizada por el Estado. Sin embargo, algunos pensamos que ha ocurrido todo lo contrario, especialmente en nuestro país –por no mencionar la parte del mundo que ha vivido y sigue viviendo bajo regímenes totalitarios y teocráticos–, donde una versión oficial de la historia por decreto ha sido reemplazada en leyes ordinarias y estatutos de autonomía por otra igual de parcial y engañosa que criminaliza a quien la cuestiona. Si a esto le unimos el afán por recrear una España partida en dos identidades políticas puras e irreconciliables, una absolutamente buena y otra inherentemente perniciosa, estaríamos conformando justo el tipo de abuso de la memoria contra el que el libro alerta.

Sin embargo, ni las incoherencias teóricas ni la prescindible presentación de Reyes Mate, algunas de cuyas afirmaciones no dejan de resultar sorprendentes en un intelectual y maestro de su talla, restan valor pedagógico a esta obra como fuente de información y reflexión sobre el recuerdo del Holocausto. Ni el simplismo del filósofo a la hora de tratar la guerra civil española –el primer episodio de la lucha contra el fascismo– ni su apego a la historiografía soviética sobre la Segunda Guerra Mundial –conflicto saldado, según él, por los países aliados con la ayuda de los Estados Unidos– consiguen ensombrecer la brillante y esclarecedora investigación en torno a la representación de la Shoah contenida en Holocausto…

Este discurso chocante e inopinado resulta además útil a la hora de ilustrar el doble error de olvido y camino errado que Mate denuncia respecto a los españoles y la "cuestión judía", precisamente el que él elige para tratar otros episodios de la historia.

Volviendo a la memoria del Holocausto, tras su invisibilidad durante la posguerra, debida según Baer a la conversión de Alemania en aliado y a los erróneos paralelismos entre Hiter y Stalin –hipótesis débil, sobre todo si pensamos en el persistente silencio de la URSS–, se produce en los años 60 y 70 una singularización del genocidio judío. Eventos como el juicio contra Adolf Eichmann (1961), el proceso de Auschwitz (1963-65) y la posterior apropiación del Holocausto como elemento identitario de la comunidad judía americana, sobre todo a través de la obra del superviviente Eli Wiesel, convierten la Shoah en un fenómeno misterioso y por ende irrepresentable.

Este status cambia de forma radical a partir de 1978, fecha de emisión de la serie televisiva Holocausto e inicio del controvertido proceso de "americanización" y "globalización" de la Shoah. Comienza en esos años un debate en torno a los límites de la representación y la banalización de la Shoah en el que el relativismo posmoderno y el revisionismo histórico, que Baer considera un eufemismo de las tesis negacionistas –y en el que parece incluir al historiador Ernst Nolte, imputación harto exagerada–, han jugado un importante papel como creadores de confusión, por no mencionar las sempiternas críticas contra el capitalismo formuladas por los marxistas Marcuse y Adorno, quien incluso llegó a "descubrir" las conexiones estructurales entre la industria cultural y el antisemitismo.

Los capítulos más interesantes e instructivos son los dedicados al papel del cine, la fotografía y la museística en la representación del Holocausto. Así, se narra la polémica suscitada por la serie Holocausto (1978) y los largometrajes La lista de Schindler (1994) y La vida es bella (1998), y se da cuenta de las críticas que estas producciones recibieron desde la revista francesa Cahiers du Cinema, cuyos articulistas denunciaron la incorporación de elementos de la cultura americana y la ruptura de un supuesto canon de sobriedad establecido por Lanzmann en Shoah (1982), obra creada como respuesta a Holocausto. Este academicismo es sin embargo puesto en duda por Baer, para quien la existencia de una "dicotomía válida entre memoria trivial y seria" es cuanto menos cuestionable.

Por lo que respecta a la fotografía, su profusión como medio de reeducación de la población alemana por parte de los aliados en la posguerra no causó el efecto deseado, pues los alemanes no se vieron como responsables; además, los errores en la clasificación del material proporcionaron argumentos a los negacionistas. Más efectiva como instrumento pedagógico fue la exposición, en 1955, de las imágenes tomadas por los propios militares alemanes, que entre otras cosas derribó los mitos de la ignorancia del pueblo y de la pureza del ejército del Reich.

Por último, las transformaciones sufridas por algunos de los museos y salas dedicados al Holocausto reflejan el interés por favorecer un encuentro emocional y la inmersión en la historia; no obstante, se podría caer en el sentimentalismo, la estridencia y la trivialización.

A todas estas discusiones subyace el espinoso tema de la estetización del horror, algo común a las representaciones artísticas de casi todos los tiempos y a lo que el Holocausto no ha sido ajeno. Hasta qué punto es inútil sustraer la Shoah a esta modalidad creativa es una reflexión obligada, a la que Holocausto… exhorta y a la que aporta algunas claves fundamentales.

El libro se cierra con un interesante capítulo sobre España y la memoria del Holocausto, tema incómodo debido a las relaciones de Franco con Hitler y al desconocimiento del tema judío en nuestro país. Si a esto le sumamos la conversión de las víctimas en verdugos, discurso difundido en los últimos años por una parte nada marginal de la izquierda, incluidos importantes políticos del PSOE –fenómeno llamativo sobre el que el autor pasa de puntillas–, el paulatino cambio que Baer percibe, y cuya máxima expresión sería la declaración por parte del Gobierno socialista del Día Oficial de la Memoría del Holocausto –aquí sí parece relevante la mención de unas siglas partidistas–, se antoja excesivamente optimista.

Las últimas páginas están dedicadas al memorial de Rivesaltes, cruce de memorias entre los judíos y los republicanos españoles huidos del franquismo e internados en Francia y un modelo de referencia positivo que intenta soslayar los conflictos que generan las memorias grupales e identitarias. Esfuerzo sin duda loable y que por desgracia se echa en falta en algunos de nuestros intelectuales más importantes, que anteponen militancia a ilustración y propaganda a información, y que bien por descuido, ignorancia o fervor partidista no hacen sino echar leña al fuego de un debate artificioso y fútil debido, precisamente, al dirigismo estatal.

En este contexto, sustituir memoria por amalgama sólo introduce una nueva aporía en la de por sí enredada cuestión de la historia española reciente.


ANTONIO GOLMAR, politólogo y miembro del Instituto Juan de Mariana.
ALEJANDRO BAER: HOLOCAUSTO. RECUERDO Y REPRESENTACIÓN. Losada (Madrid), 2006, 267 páginas.

El precio de la libertad

La autobiografía de Ayaan Hirsi Ali: Mi vida, mi libertad, es un doble y trágico viaje, con final –relativamente– feliz. El primer viaje va de la edad de piedra hasta uno de los países más desarrollados del mundo, Holanda. El segundo consiste en el descubrimiento de lo que corre por debajo del paraíso tolerante y multicultural neerlandés. El final feliz, matizado con una punta de amargura, es el salto al otro lado del Atlántico, donde la protagonista podrá vivir con algo de libertad.

Como la historia es muy conocida, vale la pena centrarse en el asunto principal del libro, un asunto que presenta dos caras que Hirsi Ali conoce y retrata con elegancia, amenidad y una valentía fuera de serie. El asunto de fondo es la aspiración a la libertad de un individuo y su lucha por conseguirla. Las dos caras son el islamismo, por una parte, y el nihilismo cultural occidental, por el otro.

En cuanto al primero, Mi vida, mi libertad empieza en el mundo de la abuela de la autora, una mujer que vive, literalmente, en un mundo tribal, prehistórico. Conviene matizar, sin embargo: Hirsi Ali se cría en un ambiente donde se hablan dos idiomas, el somalí y el inglés, y en el que las personas podían haber tenido acceso a formas de vida distintas, más adelantadas, civilizadas y abiertas.

Toda la primera parte, que relata la peripecia de la protagonista y su familia en Somalia, Arabia Saudita y Etiopía, es un viaje al corazón del islamismo, que va tomando posiciones y arraigando incluso en el alma de la autora. Las páginas en que describe la primera vez que se pone el velo con la pretensión de llegar a ser una musulmana ejemplar son tan memorables, por lo que significan, como las del relato de la mutilación a la que fue sometida, como tantas otras musulmanas de la región.

La toma de conciencia y la huida de semejante esclavitud –no siempre vivida como tal, y eso es de los aspectos más fascinantes del libro– sitúa a la protagonista y al lector en Holanda, en apariencia el paraíso de la libertad y la tolerancia.

Hirsi Ali comete, una tras otra, todas las tonterías, casi inevitables en estos casos, como hacerse socialdemócrata. Hasta que se da cuenta de lo que está ocurriendo a su alrededor y empieza a tomar conciencia de que la tolerancia a la holandesa es, en realidad, una abdicación moral, y que la sociedad en la que cree haber encontrado la libertad practica, en nombre de esa misma tolerancia y esa misma libertad, una forma de fanatismo tan cerril como aquél del que ha venido huyendo.

Es éste el segundo gran asunto del libro, en el que el islamismo juega otra vez un papel protagonista, propiciado ahora por el nihilismo de una Europa que ha decidido no darse por enterada de una realidad que le incomoda y le llevaría, de tenerla en cuenta, a comprometerse y actuar.

Cuando una amiga, con la mejor intención del mundo, le avisa de lo "explosivo" que resulta lo que está diciendo en público sobre el islam, Hirsi Ali comenta:

¿Explosivo? ¿En un país en que la prostitución y las drogas blandas están legalizadas, donde se practica la eutanasia y el aborto, donde los hombres lloran en televisión y por la playa la gente se pasea desnuda y en el canal público de televisión se ríen del Papa? ¿Donde el famoso escritor Gerard Reve es conocido por haber fantaseado con hacer el amor con un mono, un animal que empleaba como metáfora de Dios?

Conocemos las consecuencias de la obcecación de Hirsi Ali en seguir los dictados de su conciencia y del sentido común, y de su negativa a dejarse amedrentar: el asesinato de su amigo y colaborador Theo van Gogh, las amenazas, las protestas del vecindario por las molestias causadas por los escoltas, incluso la decisión judicial según la cual, efectivamente, sus escoltas violaban los derechos humanos de los vecinos… Al final, no le quedaba más salida que acogerse a la protección que le brindaban en Estados Unidos.

Del libro destacan la amenidad y la claridad con que Hirsi Ali cuenta una historia clásica de emancipación. Hay que agradecérselo doblemente, porque la aparente sencillez disimula la sutileza con que expone un juego muy complejo, en el que se reflejan y se van reforzando las dos grandes formas contemporáneas del fanatismo: el nihilismo occidental y el islamismo.

La claridad, en este caso, es algo más que una virtud estética o intelectual. La elegancia del libro y de su autora consiste en relatar una historia propiamente atroz sin caer en el resentimiento, ni siquiera en el sarcasmo. Motivos no faltaban, al contrario, pero hay en esta contención, en esta distancia, el signo de una profunda seriedad. La de quien le ha tomado la medida al enemigo y ha decidido plantarle cara con todas las consecuencias. Un libro extraordinario.


AYAAN HIRSI ALI: MI VIDA, MI LIBERTAD. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores (Barcelona), 2006, 490 páginas.

Pinche aquí para acceder a la página web de JOSÉ MARÍA MARCO.

Lecturas contra el apagón

Si usted es ecologista, o uno de sus amigos, o sigue sus consignas, o simplemente le suenan bien los eslóganes de los supuestos defensores del medioambiente, es probable que haya caído en la tentación de apagar las luces de su casa durante cinco minutos para, tal como han propuesto las organizaciones verdes y alguna que otra ministra, "salvar el planeta". En ese caso, mi recomendación es que ahora se retrepe en la butaca y eche un vistazo a este libro: así se dará cuenta de la estupidez que acaba de cometer.


La energía está condenada a convertirse en uno de los temas de debate científico más calientes de la próxima década. Ríanse de las polémicas sobre el agua, las células madre o el cambio climático. Donde la civilización que tanto ha costado a nuestros abuelos levantar se la juega es en las decisiones que las generaciones futuras tomen sobre el modelo energético que regirá sus economías. Y se antoja ridículo que, ante tamaño debate, las posturas se terminen saldando con un apoyo ministerial al juego de las luces apagadas, que, como siempre, demoniza a los grandes productores de electricidad y santifica a los buenos ecologistas, que nos protegen de la industria, la globalización, el capital y la contaminación… ¡aunque a veces nos hacen pasar un frío de narices!

222 cuestiones sobre energía servirá para que el lector, al menos, se plantee el reto de saber más acerca de la milenaria búsqueda del hombre de una fuente de luz y calor. Para entender realmente cómo funciona un sistema energético hay que conocer algunas claves de la física, de la química, de la economía, de la ingeniería y de la medicina. Digo "para entender" y quiero decir "para aprender rigurosa, objetiva y científicamente", sin prejuicios, sin manipulaciones ideológicas y sin errores comunes.

Es necesario aprender que no existe escasez de energía en el planeta. Es cierto que algunos modelos energéticos están en franca crisis, y a otros se les augura un futuro difícil. Es cierto que los combustibles fósiles son un recurso finito y que, desde el punto de vista económico, los recursos energéticos son bienes escasos. Pero no lo es menos que la única solución reside, precisamente, en el aumento de la inversión en la investigación y el desarrollo de nuevas energías y en la potenciación de las que han probado su eficacia, como la nuclear.

Contra la escasez, en lugar de ahogar el consumo con medidas políticas y ecológicas que sólo penalizan al usuario final, se requiere invertir valientemente en el desarrollo de los modelos y empresas que tienen la llave de la extracción y gestión de los recursos.

Es necesario aprender que existe una relación directa entre el aumento del consumo de energía y el bienestar de las naciones. Que, por ende, también existe una relación directa entre la prosperidad energética y el aumento de los recursos dedicados a la protección del medioambiente. Que sólo los pueblos que tienen garantizados el agua caliente, la calefacción y el transporte pueden dedicarse a cuidar su entorno, su fauna salvaje, su flora y su aire.

Es necesario saber que no existe una alternativa mejor para combatir los efectos contaminantes de la energía de combustibles fósiles que las centrales nucleares, y que éstas, gestionadas con sabiduría, viajan hacia un futuro más seguro, fiable y eficaz. Es necesario saber que el problema de los residuos se resuelve con más facilidad si se mejora la eficacia energética de las centrales productoras que si se las condena a una lenta muerte por inanición. Es necesario saber cómo se mide, define y gestiona el riesgo de cualquier actividad humana, y compararlo con los riesgos de la generación de energía, para poder juzgar en qué entorno de daños nos movemos…

Hay que atreverse a saber, sí. Y este libro puede ser un buen punto de partida. El sapere aude nos viene hoy que ni pintado. En el día del apagón, si me permite usted el modesto consejo, encienda una luz y lea un libro como éste.

VVAA: 222 CUESTIONES SOBRE ENERGÍA. Foro Nuclear (2007), 280 páginas. Pinche aquí para descargárselo gratuitamente.

viernes, 2 de febrero de 2007

Quien exalta la civilización Maya en realidad está renegando de Occidente.

La polémica desatada por Stefano Zecchi sobre la película Apocalypto es demasiado importante como para dejarla pasar. Estoy totalmente de cuerdo con Zecchi cuando sostiene que quien permite circular la pornografía más cruda en televisión, el cine o los periódicos al alcance de cualquier niño, no tiene derecho a lamentarse de la violencia en el cine. Todo lo contrario, la violencia puede tener un valor pedagógico, nos puede enseñar que las guerras y las civilizaciones antiguas se basaban en la crueldad y la sangre —mucha sangre— y no símplemente bonitas estatuas, limpias y pulidas que podemos admirar en los museos.

Sin embargo uno de los juicios de Zecchi me ha dejado perplejo, cuando define la película de Mel Gibson como «esencialmente idiota» por que presenta a los m ayas como una «caterva de maniáticos asesinos y violentos», invitando a leer como antídoto el libro de William Prescott. En fin, los dos clásicos de Prescott: La conquista de México y La conquista de Perú, fueron escritos en 1843 y 1847. Prescott era un abogado de poquito éxito que se metió a divulgador histórico. Para redactar sus obras se basó en una literatura inglesa nacida con evidente propósito de propaganda antiespañola. Puritano de Salem —la ciudad de Massachussetts famosa por la caza de brujas—, Prescott era también un fanático anticatólico. Su tesis era que España y la Iglesia destruyeron civilizaciones admirables por pura sed de conquista y de poder.

Hoy en día todos reconocen la elegancia del estilo de los libros de Prescott, paro a nadie se le ocurre pensar en ellos como fuentes históricas. Por otra parte ciento sesenta años atrás el estudio científico de los mayas y los aztecas estaba en sus comienzos.Él pensaba que las descripciones que los españoles habían hecho de estas civilizaciones —en particular la insistencia sobre el sacrificio humano— tenía fines propagandísticos. Hoy las investigaciones arqueológicas y antropológicas que se han profundizado en el asunto —no confundir con la teoría anterior que no es más que un arma impropia del relativismo y el anticolonialismo— han demostrado que los informes españoles eran sustancialmente fieles a la realidad.

Muchos antropólogos se han rebelado contra Apocalypto no porque nieguen que el sacrificio humano fuese el centro de la civilización maya —saben bien que así fue— si no por que piensan, en nombre del relativismo, que no tenemos ningún derecho a juzgar a otras culturas. Así el antropólogo Traci Ardren tacha a la película de «racista» y sostiene que «desde el punto de vista maya, el sacrificio humano era una profunda experiencia espiritual». Quizá no pensasen lo mismo las víctimas. El asunto es importante porque todavía hay sacrificios humanos. Cualquiera puede leer La última noche, el escrito remitido por el jefe de los terroristas del 11 de septiembre, Mohammed Atta, para quien es evidente que el atentado de Al Qaeda era «una profunda experiencia espiritual», mientras que para nosotros fue un verdadero sacrificio humano, de víctimas inocentes a manos de una ideología criminal. ¿Recuerdan? El problema lo presentó entonces Silvio Berlusconi, al que agredió media Europa por declarar que la civilización occidental era superior a la islámica, como ponían de manifiesto aquellos terroristas. Hoy Gibson sostiene, tal vez brutalmente, que una cultura que rechaza el sacrificio humano es superior a una que lo convierte en el centro de su misma existencia. Prohibir de modo relativista este tipo de juicios, e insistir en que todas las culturas tienen el mismo valor, haciendo tal vez una antropología políticamente correcta, supone arrancar de cuajo las raíces sobre las que sostienen a Occidente.

Massimo Introvigne Sociólogo y EscritorFundador y director del CESNUR.

Traducción: Juanjo Romero .

Orig. Italiano en Il Giornale8.I.2007

sábado, 27 de enero de 2007

'Apocalypto': acción y violencia en el ocaso maya

Mel Gibson recrea la sociedad maya centrada en los sacrificios humanos; vemos palpitar los corazones arrancados.


Mel Gibson ganó dinero con Braveheart y con La Pasión. Con ésta última se arriesgó (violencia, polémica, lengua muerta, el Jesús menos triunfante...) y ganó. Ganó independencia, prestigio. Y por eso se ha permitido hacer una violenta pero fascinante aventura ambientada en el ocaso de la cultura maya.

Hay muchas cosas que recuerdan a La Pasión. Si allí estaba María, aquí también hay una madre (y esposa) que no puede hacer nada sino esperar, confiar y rezar, en el fondo de un pozo. Si allí había unos niños-demonios que en una alucinación enloquecen a Judas, aquí es una niña enferma la que de repente profetiza la muerte de los violentos cazadores de esclavos. Pone la piel de gallina escuchar la profecía en el dialecto maya que usa la película y ver la mirada de la niña. Puro realismo mágico que no desentonaría en la pluma de Juan Rulfo.

Como en La Pasión, los inocentes son sacrificados por un poder político-religioso indigno; también aquí el sol se oscurece en un eclipse. También aquí el héroe capturado es conducido en un largo y duro y polvoriento calvario hasta el lugar del sacrificio. Como siempre, Gibson se regodea en la épica de la gota de sangre que cae y hace dibujos en tierra.

En la primera parte de la película, conocemos a los pacíficos cazadores del clan de Garra de Jaguar, que siempre han vivido tranquilos en el bosque. Igual que en La Pasión aparece Satán para dar miedo a Jesús, aquí aparecen refugiados que huyen de los esclavistas de la ciudad maya, el miedo de sus ojos infecta al protagonista. "No te dejes dominar por el miedo" dice el sabio jefe Cuchillo de Sílex a su hijo.

Capturados por los esclavistas, Garra de Jaguar y los suyos son llevados a la gran ciudad maya de piedra... es una orgía de peinados, de maquillaje, de abalorios, un viaje a otro mundo, de creatividad inacabable y embrujadora belleza. El equipo de diseño y visualización de Gibson debería ser premiado.

Una cultura brutal y decadente

Los sacrificios son vigorosos, duros, sangrientos, pero mucho más llevaderos que la flagelación o la cruz en La Pasión. Con todo, ver caer cabezas pirámide abajo rebotando, o salir corazones palpitantes de un pecho no es agradable. Los niños menores de 13 años no deberían ver esta película.

Cuando Garra de Jaguar consigue huir, entramos en la tercera fase de la película: acción, persecución, duelos potentes; el ingenio del cazador nativo en su propio bosque; ver cómo van muriendo los perseguidores, alcanzados por la maldición de la niña...

De gran sencillez narrativa y potente plasmación gráfica, es una magnífica obra de aventuras.

En lo espiritual, hay quien dice que los barcos españoles al final de la película aportan la novedad de la buena nueva cristiana. Yo opino que no. Lo que salva al héroe es su amor a su familia. Su mujer le propone unirse a "esos hombres". Pero el héroe dice que no, que el nuevo comienzo debe ser en el bosque con el bebé recién nacido, con los hijos.

Sí, la cultura maya de la película está corrompida por su violencia, sacrificios, crueldad, falta de cuidado a los enfermos. Merece caer y el destino resuena con la llegada de los barcos españoles. Pero no es la fe cristiana de los rudos conquistadores la que va a transformar a los indios. Un indicio lo vemos cuando una india capturada encomienda sus hijos a una diosa madre. ¿Qué película haría Gibson, uniendo indios y María, sobre Guadalupe?
P. J. Ginés ForumLibertas.com

APOCALYPTO Y MEL GIBSON

Este es el título de la nueva película de Mel Gibson. Ha levantado una amplia polémica en Estados Unidos y en México. La razón es el supuesto racismo que se encuentra en la película contra la cultura maya precolombina.Ahora mismo me encuentro estudiando en Gran Bretaña y mi colega de piso George me invito a ver una película en “donde no hablaban inglés”. Acepte y me fui con él y otro amigo español a ver la película en el cine. En Inglaterra no ha habido polémica alrededor de Apocalypto porque yo desconocía totalmente de que iba, si es verdad que sabía que trataba de unos ‘indios’.Fui a verla, sin prejuicios, como una película más de un domingo de esos que no hay mucha cosa que hacer.

¿Qué se muestra en la película? En el film aparecen como tres modelos de vida. La civilización maya por un lado, las tribus indias por otro y por último la civilización occidental traída de la mano de Colón.La civilización maya se muestra en la película como una sociedad sanguinaria, carente de valores humanos. La esclavitud, los sacrificios humanos, el desprecio absoluto hacia la dignidad del hombre se muestra con toda su dureza.Por otro lado, tenemos al protagonista, padre de un hijo y ‘casado’ con una mujer que espera el segundo. Es una tribu de cazadores, que se mueve de un sitio a otro por el bosque en busca de comida para poder alimentar a todos los miembros de la comunidad.Sí bien es verdad que los mayas son puestos como unos salvajes, no se puede decir que Mel Gibson muestre a todos los ‘indios’ como tales. En esta tribu, el valor, la familia, la comunidad o el esfuerzo, son valores que son resaltados.

Por lo tanto, el director muestra como dos mundos dentro de esa civilización: un mundo totalmente decadente y otro, representado con esta pequeña tribu, en donde existen valores humanos. Primera conclusión: no todos los ‘indios’ son un grupo de salvajes sanguinarios –como he oído afirmar-.La crueldad de la civilización maya es algo que está corroborado, histórica y arqueológicamente, por numerosos estudios científicos. Es bien conocido que en el México precolombino existía la esclavitud y se practicaban sacrificios humanos. Las continuas guerras internas tenían como objetivo la esclavitud de otras tribus y captar hombres para sacrificarlos en las numerosas ‘pirámides’ que componían esas ciudades.Por lo tanto, Mel Gibson, no se ha inventado una historia para atacar a los mayas, sino que ha mostrado la realidad cultural y política de aquella sociedad. Además en todo momento ha estado asesorado por un grupo de historiadores precolombinos.

Algo que también corrobora la posterior conquista de América, mucha de esas tribus explotadas y semi aniquiladas por el ejército maya se unieron a los españoles siendo decisivos para derrotar a los mayas. Por ello, los pequeños ejércitos de Pizarro y Cortes pudieron hacerse con el control del continente en apenas 50 años.Evidentemente, la conquista española es otro asunto, hubo errores, hubo abusos, pero también es verdad que hubo muchos aciertos. Sobre las consecuencias de la conquista española es mejor tratarlo en un tema aparte.Finalmente, la última escena de la película es la que da sentido al film. Cuando el odio está a flor de piel, cuando no hay esperaza para el protagonista y su familia, cuando la muerte, la destrucción es ya una realidad surge a lo lejos del mar las naves españolas con sacerdotes y militares. Una nueva sociedad acababa de nacer.
http://www.apocalypto.aurum.es/apoc-teaser.html

miércoles, 3 de enero de 2007

El Padre Elías y la civilización occidental

SOBRE LA NOVELA DE O'BRIEN


El cristianismo implica siempre verdad e historia. Una de las tentaciones recurrentes de los cristianos a lo largo y ancho de los tiempos ha sido convertir la fe en ideología; el movimiento interior del espíritu en promesa exterior de materia y materialización. Cuando la santidad desaparece, nace la utopía. Demasiados son los que, en estos tiempos, olvidan que gran parte de las fundamentales instituciones de la civilización occidental son fruto de la originalidad cristiana.

Si el cristianismo tuvo, en los primeros siglos, la capacidad de dialogar con el pensamiento griego, con el helenismo, fue porque éste había llegado a un proceso de perfección de lo humano que tenía una continuidad natural-sobrenatural en la propuesta cristiana.

El profesor Thomas E. Woods ha escrito recientemente que "la civilización occidental le debe a la Iglesia el sistema universitario, las obras de beneficiencia, el derecho internacional, las ciencias y principios jurídicos fundamentales... La deuda de la civilización occidental con la Iglesia católica es mucho mayor de lo que la mayoría de la gente cree –católicos incluidos–... En realidad, la Iglesia creó la civilización occidental".

Las novelas son también signo de los tiempos. Ahora que los niños han abandonado la lectura de los santos, los padres se han entregado a la lectura de los héroes de la historia. La proliferación de los bestseller sobre la historia, cargados de pasado, de esoterismo, de magia y de fuga del presente, inundan no sólo las bibliotecas, también las mentes de no pocas personas. La editorial Libroslibres, que dirige con mano certera y acreditada el periodista Alex del Rosal, ha publicado una novela que es un auténtico éxito libresco en el mundo católico. Su nombre es El Padre Elías.

Un apocalipsis y está escrita por el novelista americano Michael D. O´Brien. Cuenta la historia del anticristo que, según la más granada tradición, es y está representado por un hombre perfecto, un benefactor de la humanidad, un filántropo, un hacedor de política sociales, tahúr de la palabra, de las bonitas frases hechas, padre de una religión filantrópica, sincretista, con sus cultos estéticos y sus hipocresías éticas, un fruto de lo occidental desarraigado: un hombre religioso de todas las religiones que, con el buen arte de la palabra y el código de la buena conducta, seduce a las masas y las embauca en las profundidades de su discurso.

La novela, que describe la preocupación de un Papa, un nuevo san Agustín, quizá nuestro nuevo san Agustín, por convertir al anticristo de O´Brien –también lo sería de Robert Hugh Benson y Vladimir Soloviev– es una cuidada meditación sobre la Iglesia de ayer y de hoy y de los peligros y de las tentaciones de lo cristiano y de los cristianos. Y es un examen de conciencia sobre la preservación de los valores auténticos de libertad que han conformado y definido la civilización occidental. Cuando la Iglesia hace una propuesta ética a la sociedad, a nuestra sociedad, lo hace en la clave de la preservación de lo humano y de la posibilidad de lo divino.

No son pocos quienes sólo conocen una ridícula iglesia, y no son menos los encargados de que esta imagen se difunda por doquier. No son pocos los que piensan que la historia de la Iglesia es una historia de ignorancia, represión y estancamiento. Pues no. Ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro, la Iglesia está empeñada en amargar la vida a los ciudadanos, ni en oponerse al disfrute del hoy y a la preservación del mañana.

La Iglesia no es sin pecadores, pero sí sin pecado. El Concilio Vaticano II asentó la doctrina de que la Iglesia, "recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la reconciliación". Pablo VI había dicho que la Iglesia es santa porque no tiene en su seno otra vida que la gracia; viviendo esa vida de comunión con Cristo y con los hombres, sus hermanos, es como se santifican los cristianos.

Cuando se pretende mostrar el rostro de la Iglesia desde la contradicción interna, desde el pecado de sus miembros, lo que se hace es ofrecer sólo una parte del cuadro, la más sombría, la menos clara y clarificadora. La Iglesia que propone a los españoles un juicio moral sobre la realidad social, política, cultural, lo hace después de que todos los días inicie la celebración de lo más sagrado, la eucaristía, con el Yo confieso, que es un testimonio de verdad, de unidad y de reconciliación, ejemplo para la sociedad y para el mundo.

El teólogo Albert Lang escribió que "la Iglesia católica ha puesto un dique al embrutecimiento de las costumbres, a la ruina de la familia, al anarquía religiosa y política. En muchos aspectos, es el único freno que se opone a la inmoralidad moderna".

José Francisco Serrano Oceja. Iglesia LD